• José Ignacio Delgado

Arturo

Evocación de un momento sublime.

La fille aux cheveux de lin (C. Debussy)

Arturo Benedetti Michelangeli: Piano.

Es una bendición contar con «pequeños asideros» a los que agarrarse cuando alrededor tantas cosas se mueven. Agradecidos puntos de referencia para los frecuentes momentos de desorientación en tiempos aciagos. Es el puro arte, que trasciende cualquier límite para tocar nuestra fibra más íntima; nos estremece y reconcilia, seguimos vivos. La muchacha de los cabellos de lino: en mi palacio de la mente, música íntimamente asociada a la sugestiva aparición, en el paseo marítimo de Balbec, de las «proustianas» muchachas en flor; al brumoso recuerdo de veranos que creíamos eternos; a la memoria esquiva del primer amor. Puede leerse en el rostro del sublime Arturo, tal como diría Kurosawa: «Ese sueño ya lo he vivido».


El tempo suspendido, eterno, de Arturo.

El pianista que jamás se sintió satisfecho, pues ninguno como él aspiró tanto a la perfección.

Y de Marcel Proust, un fragmento del segundo volumen de En Busca del Tiempo perdido: «A la sombra de las muchachas en flor».


Mucho se ha escrito sobre la influencia de Debussy en la obra de Proust.

Hoy, esta asociación no responde sino a mi capricho. «...a veces, en lugar de ir a una granja, subíamos hasta lo alto del acantilado y, una vez arribados y sentados en la hierba, abríamos nuestro paquete de sandwiches y pasteles. Mis amigas preferían los sandwiches y les extrañaba verme comer sólo un pastel de chocolate góticamente historiado con azúcar o una tarta de albaricoque. Es que los sandwiches de queso de Chester y lechuga, alimento ignorante y nuevo, nada me decían. Pero los pasteles eran instruidos; las tartas, parlanchinas. En los primeros había insipideces de nata y en las segundas frescores de frutas que sabían lo suyo sobre Combray, sobre Gilberte; no sólo la Gilberte de Combray, sino también la de París en cuyas meriendas había vuelto a sentirlos. Agotadas nuestras provisiones, jugábamos a juegos que hasta entonces me habían parecido aburridos, a veces tan infantiles como "La torre alerta esté" o "A quien ría primero", pero a los que ahora no habría renunciado ni por un imperio; la aurora de juventud con la que se encendía aún el rostro de aquellas muchachas y fuera de la cual me encontraba yo ya, a mi edad, lo iluminaba todo delante de ellas y hacía destacar los detalles más insignificantes de su vida sobre un fondo de oro»