• José Ignacio Delgado

Candyman

A propósito de leyendas urbanas.

Leo en distintos foros y publicaciones que este Candyman, firmado por la directora Nia Dacosta, avanza en la idea de un subgénero del cine de terror realizado y protagonizado por negros para denunciar las tropelías que siguen sufriendo en EEUU. Confirma la idea que uno de los productores y guionistas sea Jordan Peele, multifacético y talentoso creador, entre otras, de las pavorosas "Déjame salir" y "Nosotros", en las que el trasfondo de los problemas raciales resulta más que evidente sin menoscabar en absoluto el valor artístico del producto. No obstante, y reconociendo el derecho de cualquier autor a marcar el sesgo político-social que más le interese, no puedo por menos que cuestionar un cierto 'adoctrinamiento'' cada vez más perceptible en películas y series, y que ahora impregna también el cine de terror. Es como si la propuesta del Candyman original (Bernard Rose, 1992), que introducía como gran novedad la presencia de un terrible ser vengativo de raza negra en el folklore de los grandes villanos, con la nueva versión y al amparo de movimientos como el Black Lives Matter hubiera evolucionado su mensaje para que encajara en los parámetros de lo políticamente correcto. Pese a mis reticencias, admiro en esta versión una excelente fotografía, así como las inquietantes animaciones (acertado recurso narrativo que evita fatigosas explicaciones) que van ilustrando la historia. Perfectamente planificada, la película se construye con calma en un crescendo malsano que no elude momentos verdaderamente desagradables. Aspectos técnicos como la iluminación y la ambientación de los claustrofóbicos espacios acentúan la sensación de incomodidad, si bien uno echa en falta una mayor empatía con los protagonistas. No obstante, y dejando a un lado (quizá sea ese precisamente el problema) el referido componente de denuncia social, la película se defiende bien y proporciona el mal rato que todos los aficionados al género esperamos.


No puedo por menos que recordar con cierta nostalgia ese original Candyman de 1992 del que, pasado el tiempo, puedo afirmar que es una de mis grandes películas de terror. No es solo el hecho de que algunos de los nombres que participaron en el proyecto sean verdaderos genios en sus respectivos campos. Clive Baker, renovador del género literario de terror, fue el productor de este clásico y escribió el guión basado en una de sus retorcidas historias, "The Forbidden". Una bella y crepuscular leyenda urbana en los arrabales de un decadente Chicago que yo entendí como denuncia y crítica contra el desalmado capitalismo que condena a barrios enteros (de blancos y negros) al abandono y a la condición de gueto. Otro de los rasgos distintivos y cruciales de aquella película fue que la banda sonora se encargase a Philip Glass, quien entendió a la perfección el componente de profundo romanticismo de la historia, traduciéndolo en una partitura inolvidable (en el enlace, la suite instrumental arreglada después por el propio compositor). Tony Todd, excelente actor, se convirtió en un verdadero icono del horror de la época, a la altura del cenobita de Hellraiser, o del expeditivo Jason de Viernes 13. Pero, a mi modesto entender, el verdadero tesoro de aquella historia fue su protagonista femenina, la fascinante Virginia Madsen, quien supo componer un personaje valiente, vulnerable, creíble y, por supuesto, inolvidable.