• Cascanueces

Crónicas de la Filmoneta

Max Richter y la mágica partitura de The Leftovers.

Imagino que cada cual encuentra su particular remedio para no quedar demasiado expuesto al sigiloso zarpazo de la melancolía. Mucha gente que conozco distrae su atención ocupando cada minuto del día en mil asuntos que procrastinan la formulación de las preguntas esenciales. Bravo por ellos. Yo, sin embargo, sigo los enseñanzas de los viejos alquimistas y curanderos que inmunizaban de los venenos acostumbrando al organismo con dosis crecientes. En consecuencia, yonqui de la melancolía, a menudo me sumerjo en ella como en un baño suavemente perfumado. Y debo confesar que una de las más exquisitos pócimas que últimamente he probado se llama The Leftovers.


En 2017 se cerró la tercera y última temporada de una serie que, en mi opinión, ejemplifica cómo el medio televisivo ha superado en calidad y creatividad a su hermano mayor el cine (salvo honrosas excepciones). A partir de la novela de mismo título de Tom Perrotta, el argumento muestra ya sus cartas en el primer minuto: un evento a escala global hace desaparecer, literal y aleatoriamente, a un dos por ciento de la población del planeta. No hay explicaciones, ni lógica, ni consuelo posible para los que quedan atrás. Lo que sigue a continuación y narra la serie, son las cotidianas peripecias de algunos personajes condenados al extravío y a la tristeza, a quienes ¿el azar...? ha arrebatado un marido, una hermana o un amigo, a sus padres o a un hijo. ¿Alguien establece algún paralelismo con los tiempos que vivimos?


Conscientes de que manejaban un material tan volátil como peligroso (una dosis equivocada de emoción podría transformar la mágica historia en un absurdo melodrama), los creadores de la serie tuvieron la inteligencia de ofrecer su banda sonora a un artista capaz de comprender toda su profundidad y poesía. El elegido fue alguien que lleva varias décadas experimentando con los límites formales y conceptuales, regalándonos obras de hipnótica belleza. Me refiero, claro, a Max Richter, que en The Leftovers combina magistralmente influencias de la música religiosa de diferentes culturas, momentos de controlada euforia orquestal, ambientes electrónicos y, sobre todo, conmovedoras meditaciones al piano. Su contención y elegancia da como resultado la más equilibrada fórmula magistral al servicio de la historia que se cuenta. Cuánto debería aprender tanto mediocre director que sepulta, desde el primer momento y con irritante persistencia, un guión interesante con empalagosos muros de sonido.


Sería del todo inútil tratar de argumentar con mil razones que The Leftovers es una obra maestra. Cada uno la juzgará según su propia sensibilidad o circunstancias. Yo solo puedo aportar mi punto de vista como irredento melancólico para afirmarlo. Valiente pero delicado atisbo a ese otro lado del sueño del que ya Shakespeare avisaba que no sabemos siquiera si será plácido, en esta extraña historia no existen héroes, a no ser que consideremos como tales a quienes cotidianamente tratan de encontrar sentido a la vida sobre este minúsculo grano de arena (Pale blue dot, lo llamó Carl Sagan) que flota en la inmensidad, rodeado de vacío.