• Cascanueces

Cristina de Suecia

Evocación de una secuencia mítica del cine.


Acaso el equipo de rodaje intuía que no iba a tratarse de una secuencia cualquiera. Sin embargo, también es probable que no se alcanzase a presentir la inminencia de uno de esos momentos preciosos en que el cine se trasciende a sí mismo y justifica su condición de arte: Es la Divina en estado de gracia, ofreciendo su hipnótica danza vestal frente al siseo de la cámara. Es el sublime gesto de amistad para su antiguo amante John Gilbert, desahuciado para la incipiente industria del cine sonoro a causa de su agudo timbre de su voz, e impuesto por la diva como condición para hacer la película. Es la inalcanzable diosa que baja de los cielos y se deleita descubriendo los objetos y afectos humanos. Es la reina de incógnito que nunca volverá a vivir con tal intensidad una pasión, y anticipando la soledad memoriza cada centímetro de la humilde estancia. Es la Atenea que esculpió Fidias y se perdió en un naufragio antes de ser desvelada a los atenienses. Mármol que conversa, sumergido en el mar, con el escarabajo de Laínez. Es mano de nieve sobre lana virgen que aguarda a ser hilada por la rueca. El hieratismo de la máscara bajo la cual hierve la sangre. Tras el primerísimo plano de su mirada acecha la soledad, el vacío y la distancia que separa los cuerpos celestes. Es polvo de estrellas, pero también materia oscura. Fulgor que satura el celuloide. Imagen apenas entrevista en el espejo, que contempla la escena con una media sonrisa antes de girarse y desaparecer en la oscuridad. Es un extraterrestre llegado de Orión que confirma y rebate todas las teorías sobre el espacio-tiempo. La andrógina que sobrevivió al rayo divisorio de Zeus. Sensual caricia a un racimo de uvas maduras. Terribilità de Miguel Ángel y dulzura de Rafael. Es, en fin, la Garbo efímera y gloriosa que huyó de la decadencia y un día decidió no volver a dejarse filmar, leyenda en vida trasmutada en mito esquivo: espantada ante las cámaras, no quiso que fotografiasen su decadencia y se volvió al Olimpo. Solo ella sabía con certeza lo que habría de ocurrir aquella jornada de rodaje. Había ensayado con precisión su excelsa coreografía, esbozando el gesto sutil y la media sonrisa que imaginó Leonardo para su Mona Lisa. Alguien dejó caer la aguja sobre el disco y, tras el primer dubitativo crepitar, comenzó a sonar la música misteriosa. Entonces la estatua cobró vida, y la cámara registró el momento para deleite de futuras generaciones.