• José Ignacio Delgado

Eddie


Ha muerto Eddie Van Halen. Nada, salvo un recuerdo forzosamente subjetivo y emocional, añadiré al aluvión de datos y cifras, fábulas y leyendas con las que en estos días los llena-páginas de todo el mundo cumplen con su cometido (la mayoría sin tener idea, ay, de lo que hablan). Así que en estas pocas líneas proclamaré mi admiración sin hacer uso, lo juro, de los términos genio, virtuoso, y obra maestra, que para ello disponemos de un vasto y glorioso glosario languideciendo en el diccionario.


Cuando Eddie irrumpió en mi vida a través del primer disco de Van Halen, fui uno de tantos adolescentes con ensoñaciones de estrella del Rock que, literalmente, flipamos con el solo de guitarra de "Eruption": ¿Pero cómo es posible tocar así?... Las referencias inmediatamente anteriores eran, al menos para mí, el sonido grasiento y sucio, sin duda extraordinario, de la Gibson de Jimmy Page (Led Zeppelin); también me gustaba el 'stratocaster' Ritchie Blackmore (Deep Purple); admiré, todavía lo hago, a Steve Hackett (Genesis); y no puedo dejar de nombrar al más olvidado de los grandes guitarristas, Steve Howe (Yes), quien traspasó los límites del Rock fusionándolo de manera brillante con mil otros estilos musicales. Sin embargo, ya lo he sugerido, Eddie elevó el sonido más duro y agresivo, me resisto a llamarlo 'heavy', a otro nivel. Junto a otra estrella que merecería no solo una reseña aparte sino todo un libro, el histrión David Lee Roth, y los patibularios Alex Van Halen y Michael Anthony, formaron esa máquina de hacer música (y dinero) que se llamó, claro, Van Halen. En los 80 vivieron su momento de mayor gloria, creando un sonido y una estética asociados ya para siempre a una cierta forma de vida hortera y desmelenada (literal y metafóricamente) de la Costa Este norteamericana, con Los Ángeles como epicentro: pelos cardados, fosforitos leggins desgarrados y camisetas con estampados leopardo, Cadillacs rosa descapotables y escandalosas cadenas de oro al cuello, apostura de gimnastas de prisión, saltos circenses sobre el escenario, malabarismos imposibles con el pie del micro y con la guitarra. Sus vídeos y directos son ilustrativos al respecto. Y muy divertidos. Y es que otra característica de su mise en scène (que no se limitaba al plano artístico) era un notable sentido del humor, muy autoparódico, con el que sobrellevaban su condición de mega estrellas.


En su estilo de tocar la guitarra, absolutamente innovador, Eddie perfeccionó la técnica del tapping (utilizar ambas manos sobre el mástil para multiplicar las notas como si de un piano se tratara). Numerosos imitadores surgieron como las setas en otoño: Joe Satriani, Steve Vai, Ingwie Malmsteen, John Petrucci... pero, a mi entender, Eddie nunca dejó de ser el boss de la guitarra. Porque, además de sus prodigiosas aptitudes técnicas (para casi todos, inalcanzables), su actitud siempre fue la más genuinamente rockera: no tomarse demasiado en serio a uno mismo, vivir la vida a la misma velocidad que sus frenéticas escalas, hacer siempre buenos temas y no defraudar al personal que paga su carísima entrada para ir a verte.


Mi disco preferido de Van Halen (solo considero los publicados en los 80, ya que el abandono de miembros originales suele reconvertir a ciertas bandas en negocios muy rentables, pero ya sin alma) es quizá el menos conocido, Fair Warning. Una verdadera bestialidad donde la chulería vocal de Roth se conjuga de manera soberbia con el frenesí instrumental de Eddie y una sección rítmica demoledora. De principio a fin nos sumerge en una gozosa y delirante pesadilla sonora solo apta para escuchar con unos buenos auriculares (a falta de un lugar alejado de la civilización donde poder reventar los altavoces) y unas cervezas a mano. En el enlace dejo el rabioso Sinner's Swing!, con uno de los solos más contundentes nunca grabados: apenas veinte segundos que la mayoría de guitar-heroes no podrían conseguir ni siquiera tras veinte años de frustrados intentos.


Al parecer, Eddie atribuía el cáncer de garganta que se lo ha llevado por delante a guardar siempre en la boca las púas metálicas con las que tocaba la guitarra. Aunque me temo que en estos asuntos influyen más otros factores, la historia representa bien su espíritu guerrero. Que en paz descanse el genio (¡Vaya, ya salió la manoseada palabrita, aunque por una vez sí que está justificada...!)