• José Ignacio Delgado

¿El fin de las pasarelas?

Las medidas de seguridad sanitaria cuestionan también el futuro de las grandes exhibiciones de moda.


(Uno de los impactantes montajes del diseñador Alexander Mcqueen. Getty Images)


Corren tiempos inciertos, quién lo hubiera imaginado hace solo un año, que afectan a los más diversos aspectos de nuestra (presuntamente) organizada sociedad. Las restricciones sanitarias frente a la pandemia que nos asola condicionan, por ejemplo, la forma en que los individuos interaccionamos: así, el contacto físico "social", incluido el hasta ayer inofensivo saludo con uno, dos, tres ósculos... (según la costumbre del país o el grado de efusión) queda proscrito; por no hablar del uso de la unificadora mascarilla en casi todo el mundo (obviamente el "primer mundo"; no tan factible, por poner un ejemplo, en vastas áreas del continente africano); o la "distancia de seguridad" que nos empuja a actuar por la calle como patéticos imanes que se repelen entre sí. No queda, en fin, más remedio que dar por buenas las medidas que asumen los gobiernos en tanto se trabaja para encontrar una vacuna que nos permita regresar a nuestras anteriores vidas. ¿O acaso asistimos, permítaseme la paranoia, al inicio de una nueva forma de ordenamiento social cada vez más cercana a las siniestras fantasías formuladas por Orwell y Huxley?


Ciñéndonos al título de esta breve reflexión y por tratarse de un ámbito muy cercano a nuestro querido Cascanueces, no puedo por menos que hacer referencia a la forma en que la pandemia afectará (ya lo está haciendo) a la poderosa industria de la moda. Demasiado pronto para valorar el impacto en las tiendas físicas que apenas reinician con timidez y grandes restricciones su negocio cara al público, acaso pueda aventurarse que algunas firmas encontrarán su nuevo nicho en el comercio virtual o, seguramente, en una combinación de ambos. Sin embargo, hoy ya sabemos que ese escaparate al mundo que siempre han sido las grandes ferias de moda y sus deslumbrantes desfiles, al menos de momento echa el cierre. Porque al igual que ocurre con otras manifestaciones culturales (conciertos, teatros, salas de cine...) que congregaban numerosos aficionados dispuestos a pasar alguna estrechez por mor de una emocionante experiencia, las pasarelas de moda brillarán (solo) por su ausencia la próxima temporada.


No se trata de cuestionar aquí la pertinencia de unas citas obligadas para la élite social y económica que con su glamur adorna las primeras filas de los desfiles, al igual que ocurre con las alfombras rojas de los festivales de cine o cualquier entrega de premios que se precie. Poca o ninguna relación tiene ese fenómeno de papel cuché con los clientes de a pie que entramos a las tiendas para satisfacer una necesidad o un capricho. Sin embargo, no debe olvidarse que más allá del derroche que las grandes marcas (casi todas pertenecientes a los todopoderosos conglomerados del lujo) dedican a estos eventos, existen millones de trabajadores que abarcan todos los imaginables oficios sobre los que se sustenta una de las grandes áreas de producción a nivel global. Por otro lado, sería tan absurdo obviar el fuerte componente artístico que algunos diseñadores vuelcan en sus shows (sí, he dicho artístico, sin cursivas ni entrecomillados), como negar que muchos desfiles de moda concentran la mayor proporción de cretinismo por metro cuadrado que pueda darse en el orbe. Y es que la moda es un fenómeno tan contradictorio como fascinante, capaz de alumbrar verdaderos genios de la puesta en escena como el añorado Alexander Mcqueen (cuyos montajes e instalaciones entraban de lleno en el concepto de la performance), Tom Ford (quien tras reflotar firmas como Gucci e Yves Saint Laurent y lanzar su propia y exitosa marca, se ha reciclado como uno de los más interesantes directores de cine de la actualidad), o el recientemente fallecido Karl Lagerfeld, que en los años 90' fue responsable de devolver a la firma Chanel todo su esplendor perdido, hercúlea tarea que hizo compatible con ser uno de los mejores fotógrafos de su tiempo y apasionado coleccionista de arte.


Muchos dirán, y no sin razón, que tanta exhibición de lujo y ostentación es innecesaria en un mundo que aspira a la sostenibilidad. Pero hablando de absurdos, ¿acaso no hay legiones de aficionados que se pasan largas horas girando al unísono la cabeza mientras dos tipos dan raquetazos a una pelotita verde, u hordas de hooligans que emplean una parte sustancial de sus sueldos en seguir por el mundo a sus equipos de fútbol, o presuntos melómanos dispuestos a pagar una entrada carísima (pasando la noche previa al relente) para luego ser estrujados en un concierto entre otros cien mil, mientras intentan sostener en lo alto su tembloroso smartphone? Yo creo que siempre habrá muchos aspectos que matizar antes de entrar en el trazo grueso de la descalificación, pero en todo caso preferiría admirar sobre la pasarela un desfile de seres bellos (en su acepción más amplia e inclusiva) vistiendo ropa elegante y original, que emplear mi tiempo en otras alienantes actividades que exhalan su rancio aroma a compañerismo.


Durante años, mucho antes de dedicarme a las artes escénicas, viví desde dentro el mundo de la moda. Guardo recuerdos encontrados de aquella época frenética, confusa y a ratos divertida. En Madrid daba sus últimos coletazos aquel invento que alguien bautizó como la movida. Era justo el tiempo previo al desmantelamiento de la industria textil de Cataluña y al aniquilador desembarco de Zara. A falta de un espacio único capaz de acoger la Semana de la Moda, los expositores se diseminaban por muchos hoteles de lujo del centro de la ciudad, confiriendo a la misma un aspecto bohemio y dicharachero, y una alocada vida nocturna en la que participé con entusiasmo. Asistí a muchos desfiles, algunos muy locos, como el estupefaciente montaje de Francis Montesinos en la plaza de toros de Las Ventas. (Luego renegué de todo aquello y me hice marinero en una plataforma de obras marítimas, en uno de tantos giros imprevistos que he dado a mi vida, aunque eso forma parte de otra historia). A lo largo de los años, he visto con distancia y relativo interés el declive de aquel mundo que conocí, aplastado por el dominio de las grandes marcas globales que hacen gala de una asombrosa capacidad de renovación y diseño, directamente proporcional a la baja calidad de sus artículos. Ya las tiendas del centro de las ciudades han desaparecido, salvo los exclusivos guettos de las millas de oro, cediendo su espacio a los Starbucks, Burger King y demás unificadoras franquicias que convierten los cascos históricos de Europa en insulsas fotocopias. Surgen por doquier en las afueras enormes centros comerciales cuyo diseño obedece a un patrón de eficiencia por metro cuadrado que funciona por igual en San Francisco, Huelva o Macao...


No me gustaría ver desaparecer los desfiles de moda. A mi modo de entender, aún representan la libertad del diseñador-artista que sueña con vestir a personas, no a la masa. Bellos animales sobre la pasarela al son de música sincopada o en silencio total, como se hacía muy al principio. Y no es tanto una cuestión de dinero (¿acaso no lo malgastamos continuamente en viajes absurdos, coches e hipotecas?) como de cuidar nuestra imagen y expresar con lo que llevamos puesto una parte de lo que somos. Pues tal como se nos presupone seres civilizados, y ya que debemos cubrirnos como decía el Quijote como la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, hagámoslo al menos con algo de gusto y comprando en tiendas que alienten la diferencia y la individualidad. Así es como yo entiendo la necesidad de la moda.