• José Ignacio Delgado

El "pelotazo" del Duque

La maquiavélica jugada especulativa que precedió a la capitalidad de Valladolid.



Pocos personajes en la historia de España han hecho correr ríos de tinta como el todopoderoso valido del rey Felipe III, Juan de Rojas Sandoval (Tordesillas, 1553 - Valladolid,1625). Conocido por la posteridad por su título de Duque de Lerma, ha merecido innumerables artículos, biografías, ensayos y ficciones que dan fe de la fascinación por un personaje indispensable para comprender el auge y decadencia del mayor imperio de su tiempo. Sin embargo, el propósito de estas breves líneas no es glosar una figura tan controvertida como compleja (empresa ciertamente imposible) sino recordar un hecho puntual en el que, no sin cierta simpleza, muchos han querido ver el antecedente del así llamado "pelotazo inmobiliario". Lerma fue sin duda un personaje arribista y calculador, tan codicioso en lo material como ansioso de poder, y pronto comprendió el inmenso campo de acción que la indolencia del "Rey Piadoso" le dejaba expedito para satisfacer sus intereses. Haciendo uso de su poder e influencia (en España llegó a ser considerado el rey de facto), ideó el traslado de la corte de Madrid a un nuevo emplazamiento argumentando variadas razones de tipo geográfico, estratégico o sanitario. El lugar elegido fue Valladolid, y hacia allí partió de forma precipitada y hasta precaria una interminable comitiva de soldados, funcionarios, oficios y cortesanos el 11 de enero de 1601. No son difíciles de imaginar las consecuencias que sobre ambas ciudades pudo tener una decisión de tal calado, solo en apariencia improvisada: en apenas dos años Valladolid pasó de contar con 30.000 vecinos a más de 70.000, mientras que en Madrid el efecto fue inversamente proporcional, hasta el regreso de la corte en 1606. Sobra decir que este último hecho provocó a su vez un brutal declive de la Villa del Pisuerga, del que tardó largos decenios en recuperarse.


La maniobra del Duque, jugada maestra de un calculador sin escrúpulos, perseguía varios objetivos. Por una parte, al alejar la corte de Madrid lo hacía también de su más formidable enemiga, la emperatriz María de Austria (tía de Felipe), acaso la única persona con influencia en el rey que veía con claridad la verdadera naturaleza del valido. Además, en el traslado subyacía una poderosa motivación crematística. Tal vez durante años, aquel paradigma de la codicia había preparado con paciencia el terreno de una fabulosa operación especulativa, comprando a la baja numerosos terrenos y propiedades en Valladolid. Bien sabía él, y solo él, la inmensa revalorización de ese patrimonio inmobiliario cuando se cumplieran sus planes. Entonces, toda aquella comitiva de cortesanos que a duras penas penas avanzaba bajo los rigores del invierno en dirección a Valladolid, necesitaría un techo y pagaría sumas astronómicas por encontrarlo. Por otro lado, estaba pendiente el acomodo del principal figurante de esta tragicomedia, que no era otro que el propio rey. Para el "Piadoso", Lerma reservaba su mejor propiedad, el antiguo palacio de Francisco de los Cobos, lujosamente reformado para acoger al monarca quien, agradecido, lo compró generosamente. Hablo, claro está, del Palacio Real de Valladolid que, aunque modificado, aún podemos admirar en la Plaza de San Pablo con permiso de los militares. La iglesia de mismo nombre también fue reformada para adquirir el imponente aspecto que aún hoy ofrece el conjunto, que se completa con el renacentista Convento de San Gregorio, sede del Museo Nacional de Escultura. Otra propiedad que pasó a la corona, previo pago al Duque, fue el fastuoso y desaparecido Palacio de La Ribera, emplazado en la orilla opuesta de la actual Playa de las Moreras e inspirado en las villas renacentistas italianas. Imposible, en fin, calcular el beneficio que para las arcas de Lerma produjo aquel vertiginoso movimiento inmobiliario.


Sin embargo y como se ha indicado, no termina ahí la prodigiosa carambola del valido. Muerta la tía del rey y concluida la operación especulativa en Valladolid, no había razones para prolongar la estancia de la corte en la ciudad. No creo del todo innecesario aclarar, pese a que el lector sin duda lo habrá anticipado, que el regreso fue también "imprevisto" y tomó a (casi) todos por sorpresa. Durante la permanencia en la Villa del Pisuerga, Lerma había aprovechado para comprar numerosas propiedades en la antigua capital, cuyos precios estaban por el suelo a raíz de la primera partida. Una vez tomada la decisión de volver, la inversión se multiplicó como si la hubiera tocado el mismísimo Rey Midas. Por si fuera poco, los comerciantes de Madrid habían estado tentando a nuestro protagonista con fuertes cantidades en el caso de que Felipe decidiera volver a la "verdadera" capital del reino. Así que durante el año de 1606, la comitiva volvió a ponerse en marcha, esta vez para establecerse allí de forma definitiva y con el Duque reafirmado como uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo.


La historia ha valorado mil veces, casi siempre de forma negativa, la figura de Juan de Rojas Sandoval. Hay una coincidencia generalizada en personificar en él los vicios y defectos que propiciaron la caída del imperio español. Bien sabemos que las causas de esa debacle son harto más complejas, a modo de un prisma de múltiples facetas como la corrupción generalizada, la desmedida ambición personal de personajes sin escrúpulos, la codicia, las guerras de religiones o la desidia de aquellos reyes y nobles que heredaron, sin merecerlo, tanto poder. El tiempo siguió su curso, y el otrora incontestable Duque de Lerma cayó víctima de una intriga urdida por algunos de sus muchos enemigos. Solo la oportuna concesión de un cardenalato evitó que fuera enjuiciado y posiblemente ejecutado. Sin embargo, los sucesivos personajes que gozaron del favor de los reyes españoles como validos o primeros ministros, no fueron en modo alguno mejores. No negaré que Sandoval fuera un personaje detestable, tal como lo han sido innúmeros políticos ansiosos de poder antes y después de él. No obstante, para cerrar esta breve entrada me quedo con la consoladora idea de que a causa de sus intrigas Valladolid alcanzó, siquiera brevemente, su estatus como "capital del mundo". Por sus calles, embellecidas con palacios de ensueño y plazas porticadas, se pasearon Cervantes y Góngora, Rubens y Quevedo, y no son pocos los que afirman que también lo hizo un tal Guillermo Shakespeare...