• José Ignacio Delgado

En busca del dulce perdido

Evocación 'proustiana' desde la confitería Maro Valles.


No descubriré nada si afirmo que Maro Valles es la justa representación vallisoletana en el Parnaso de las grandes confiterías. Y aún añadiré que tal afirmación no es baladí, pues viene refrendada por un paladar acostumbrado desde niño a las dulcísimas excelencias de una ciudad tan golosa como Madrid (Pastelerías Mallorca, Horno del Pozo, Lhardy, Filipinas, La Duquesita...). También he encontrado excitación para mis papilas gustativas en lugares como Lisboa (pastéis de Belem), Sevilla (pestiños), Llanes (¡ay de sus sublimes carballones!) o San Lorenzo de El Escorial (bizcotelas). En Praga me sorprendió un desubicado pero inolvidable Apfelstrudel, y en Swansea (Gales) un bizcocho de chocolate que me reveló el sabor del cielo. Y así seguiría largo rato con las etapas de un viaje tan nostálgico como gozoso. Por así decirlo, siempre me he identificado con la furia desesperada y mordaz de Cyrano, pero según pasan los años cada vez entiendo mejor la felicidad del modesto pastelero-poeta Ragueneau.


Con tales antecedentes podría entenderse mi alivio al encontrar un nuevo refugio de sabores cuando me mudé a Valladolid. Coincidió aquel tiempo con la relectura de En busca del tiempo perdido, acontecimiento que suelo hacer coincidir con algún cambio importante en mi vida. Así, no me costó 'superponer' las especialidades que iba descubriendo en estas confiterías a las líricas descripciones culinarias del prodigio literario. No en vano el dandi francés se explaya con exquisiteces como el pastel de café, la tarta de chocolate o la Saint-Honoré, todas presentes en Maro Valles.


Aquellos momentos de íntimo placer se enriquecieron con otra costumbre: las tardes que yo debía recoger a mi hija en el colegio, no olvidaba llevar sendas napolitanas de chocolate (inigualable el quebradizo y delicado hojaldre con intenso sabor a mantequilla, en las antípodas de esas groseras imitaciones industriales que se ofrecen por doquier), que degustábamos en un ritual de gozosa complicidad. Sinceramente, ignoro qué enseñanzas paternas perdurarán en su memoria al cabo de los años, pero sí me consta que ya atesora el recuerdo de aquellas maravillosas y proustianas napolitanas. Cuando ella también decida leerla y quede deslumbrada por la 'recherche', podrá agradecerme cuando menos que le mostrase estos dos paradigmas de la excelencia.


J.I. Delgado




"Y nos hacía pasar al comedor, sombrío como un interior de templo asiático pintado por Rembrandt, donde había una tarta arquitectónica tan bonachona y familiar como imponente, que estaba allí, toda majestuosa como un día ordinario cualquiera, por si acaso a Gilberta le daba el capricho de quitarle su corona de almenas de chocolate y echar abajo sus murallas valientes y empinadas, murallas cocidas al horno como los bastiones del palacio de Darío. Y aun había más: porque para proceder a la destrucción de aquella ninívea obra de pastelería Gilberta no consultaba solamente a su apetito, sino también al mío, mientras que iba extrayendo para mí del derruido monumento todo un lienzo brillante sembrado de frutas escarlata al modo oriental".


(M. Proust: À la recherche du temps perdu)





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