• Laura Preminger

Fleabag

Phoebe Waller-Bridge y su comedia perfecta

Durante varios días he esperado como una yonqui mi ración diaria de "Fleabag". Pudiera pensarse que utilizo a la ligera las palabras, una suerte de licencia poética que menosprecia (como el último spot de la factoría de Grazie Antonio) a los adictos. No es el caso, porque mi propia existencia es un cúmulo de (no tan) pequeñas dependencias. De ahí tal vez que al concluir esta minúscula e inmensa serie, con la preciosa y desgarradora secuencia final, no solo me haya sentido profundamente conmovida sino también, en cierto sentido, vacía. Inmenso talento el de Phoebe Waller-Bridge, creadora e intérprete de uno de los más inolvidables personajes que nunca se han asomado a una pantalla. Solo dos temporadas (¡ay!) duró la experiencia antes de centrar su atención en otros proyectos (si no han visto "Killing Eve" ya se están suscribiendo), aunque también pienso que la brevedad es uno de sus mayores atractivos. No veo a Phoebe repitiéndose a sí misma. Es demasiado inteligente. Sin más recursos que un guion exquisito, la connivencia de unos secundarios en estado de gracia (qué grande es Olivia Colman), y el perfecto balance entre comedia y drama, compone una historia agridulce donde la aparente ligereza de su protagonista y sus hilarantes meteduras de pata no hacen sino esconder el vacío, la culpa y la tristeza. Ruido de fondo para no escuchar el gran silencio. La vida misma. Admirable asimismo el recurso, tan difícil, de eliminar la 'cuarta pared': ya no somos simples y anónimos voyeurs sino cómplices de las trastadas de la protagonista. Queremos ser tus amigas, Phoebe, reírnos contigo, consolarte. Háganme caso si no la han visto, o vuelvan a hacerlo: en estos tiempos de digitalización, telebasura y propaganda, censura, autocensura, secuelas y precuelas, Fleabag es un revitalizante soplo de aire fresco.