• José Ignacio Delgado

Góngora en Valladolid


Retrato de Luis de Góngora por Velázquez (1622) - Museo de Bellas Artes de Boston, EEUU.

El establecimiento de la corte de Felipe III en Valladolid a instancias del Duque de Lerma (temprano ejemplo de lo que siglos después se ha dado en llamar "pelotazo urbanístico), provocó un verdadero cataclismo en la hasta entonces tranquila villa pucelana. Prácticamente de un día para otro, hubo de acogerse a todo un ejército de funcionarios, nobles, militares al servicio del rey, multiplicando varias veces el número de habitantes, con graves problemas de acomodo y salubridad. Este es el panorama que se encontró en 1603 (mismo año en que llegó a la ciudad el pintor Rubens) el ya afamado escritor Don Luis de Góngora y Argote, quien pretendía el favor real para conseguir un alto puesto en la jerarquía eclesiástica. El espíritu refinado y profundamente sarcástico del genio cordobés, acostumbrado a la holgura de Madrid y sin duda contrariado por la forzosa mudanza, pronto vertió su temible ingenio sobre la ciudad castellana, a la que dedicó (no fue el único) amargas invectivas. Sirva como ejemplo este corrosivo soneto, en el que juega con el doble sentido del nombre de algunos nobles, o con metáforas sobre la corrupción que se asocia a la cercanía del poder.


Valladolid, de lágrimas sois valle, Y no quiero deciros quién las llora, Valle de Josafat, sin que en vos hora, Cuanto más día de juicio se halle.

Pisado he vuestros muros calle a calle, Donde el engaño con la corte mora, Y cortesano sucio os hallo ahora, Siendo villano un tiempo de buen talle.

Todos sois Condes, no sin nuestro daño; Dígalo el andaluz, que en un infierno Debajo de una tabla escrita posa.

No encuentra al de Buendía en todo el año; Al de Chinchón sí ahora, y el invierno Al de Niebla, al de Nieva, al de Lodosa.