• José Ignacio Delgado

Hojas caídas

Recordando, siempre, a Eva Cassidy.


Cuando Eva Cassidy cantaba la portentosa versión de Autumm leaves (Les feuilles mortes en el original francés) que acompaña estas líneas, ya conocía el diagnóstico de la enfermedad que se la llevaría solo unos meses después. Era 1996, y ella tenía 33 años.


Los que aún seguimos aquí acumulamos otro otoño. Se cierra otro ciclo y las hojas amarillean y se doran antes de caer al suelo. Demasiado pronto se apagó aquella voz áurea que no quiso seguir el fácil camino del éxito al que le invitaban los cantos de sirena de las casas de discos. Eva solo cantaba lo que sentía. Joyas intemporales que su talento inmenso atrapaba de tal forma que, una vez escuchadas, todas las demás versiones o incluso el mismísimo original palidecían. Pregunten sino a Sting.


Ojalá la efímera carnaza que alimenta el mundo artificioso y banal de los talent-shows comprendiera cuán alejadas están sus vacuas pretensiones de esa insólita gracia con que los dioses, caprichosos, distinguen a unos pocos. Solo tendrían que detenerse un momento, sentarse y escuchar e, inevitablemente, comenzar de nuevo: cantar en minúsculos clubes, noche tras noche, en pos de la perfección. La recóndita senda de la verdad y el trabajo. Así era Eva Cassidy, que solo cuando fue otra prematura hoja caída empezó a vender discos.


Las hojas caídas llaman a mi ventana

las doradas y rojas hojas caídas.

Puedo ver tus labios, y dorados besos de verano,

tus manos bronceadas que entrelazan las mías.

Desde que te fuiste, los días son más largos

y pronto escucharé la vieja canción del invierno,

pero te extraño tanto, amor,

cuando las hojas de otoño comienzan a caer.