• José Ignacio Delgado

Impromptu Nº3


Vladimir Horowitz en uno de sus últimos conciertos


Suele ocurrir en nuestras mesetarias ciudades que marzo nos regale, durante unos breves y luminosos días, con un anticipo de la primavera. Tiempo de asombro y regocijo, los ojos cerrados y el rostro vuelto al sol en silenciosa plegaria de agradecimiento ante un año más que nos es dado permanecer. Hoy, sin embargo, amanece un viento frío que insiste en colarse por cualquier rendija, y las nubes oscuras cabalgan allá en lo alto: el invierno solo había amagado con retirarse y mi estado de ánimo se resiente ante otra promesa rota. Inconscientemente, me refugio en Schubert de nuevo.


Ya andaba La Parca cortejando al genio vienés cuando este acometió la composición de sus "Impromptus". Y aunque no existe acuerdo sobre la forma en que finalmente se le presentó a poco de cumplir los treinta (tifus, sífilis, envenenamiento...), sí en cambio en valorar como injusta, por prematura, su pérdida. La arena del reloj se agotó muy pronto para Schubert y, aunque resulte admirable la magnitud y excelencia de su obra en tan breve lapso, es inevitable increpar la vida (robo la expresión a mi admirada J. Negueruela) por sus arbitrarios designios.


Impromptu (in promptu) : "Composición que se crea sin plan preconcebido". El término recoge con precisión el sesgo de genuina inspiración, de arrebatado sentimiento, que caracteriza tan sublime colección de piezas y, me atrevería a decir, la totalidad de la producción schubertiana. No fue el único el cultivar esta peculiar forma musical: también lo hicieron Chopin o Fauré.


Me fijo hoy en el Nº3, de cristalina belleza y fluidez y, sin embargo, arrebatada tristeza. Abundan las grabaciones de grandes pianistas, es de suponer que alguno de ellos rondando la perfección. Yo sin embargo, siempre me quedo con la del divo Vladimir Horowitz: su majestuosa lentitud, el rostro estatuario tan alejado de los actuales performers, la profundidad psicológica que emana de cada fraseo; su empeño por conseguir, más allá del mero alarde técnico, la trascendencia.


Creo entender a Horowitz y su aproximación al Impromptu Nº3. El casi nonagenario Maestro dejaba ya tras de sí la estela de una vida consagrada al perfeccionamiento de su arte exquisito. ¿Cómo sino desde la rebelde aceptación de la propia llama apagándose ("no entres dócilmente en la noche callada..."), podría entenderse el incendio de pasión que consumía al joven Franz Schubert? Desafiando el concepto convencional del tiempo (y del tempo), el irrepetible pianista roza casi lo eterno, y es como si quisiera reparar al compositor por los años que le fueron negados.