• José Ignacio Delgado

La dama en el espejo

Un poema del gijonés Pelayo Fueyo

En una entrada anterior evocábamos el poema de Alfred Tennyson "The Lady of Shalott" y la fascinante 'musicalización' que del mismo realizó Loreena Mckennitt. La dama, encerrada en una torre y presa de una enigmática maldición, no puede contemplar el mundo sino a través de la imagen que de él refleja un espejo. Cuando al fin, sacudida por la impresión de ver al caballero Lancelot cabalgando en dirección a Camelot, decide enfrentar la realidad 'directamente' (dar la espalda al espejo), este se rompe y ella debe afrontar las consecuencias de su acción.


Pocos objetos encienden tanto la imaginación de los poetas como el espejo. Su profunda simbología, indisoluble al misterio del tiempo, ha alimentado versos, pinturas, secuencias inolvidables. Acaso sea Borges quien más certeramente haya plasmado el horror metafísico de contemplar a nuestro doble observándonos; a él me referiré en otro momento. Hoy sin embargo traigo a este escondrijo, volátil e insignificante dentro de la vasta red, al poeta gijonés Pelayo Fueyo. Autor de consolidada trayectoria (‘Memoria de un espejo’, ‘Títeres de duermevela’, ‘Poesía competa’, ‘La herencia del silencio’, ‘La herida del aire’) dedica varios poemas, plenos de misterio y profundidad, al "imposible espacio de reflejos" borgiano.



La dama del espejo

(P. Fueyo)


Sueño y me pierdo, doble de ser yo y esa mujer.

F. Pessoa


Quiero llegar a ti desde ti misma,

mirándote desde tus ojos,

besándote con esa boca que me besa.

No puede ser que seamos dos, no puede ser

que seamos

dos.

J. Cortázar


I


El vaho de mi aliento en el espejo:

dibujo un corazón.

Sobre su centro

mi índice descubre lo que de ti no espero:

un transito a mi imagen.

Sin embargo,

el vano de la calle no palpita

con el tono intermedio del reflejo.

Dibujo un corazón.

Sobre su centro

el índice descubre que te has ido.


II


Violaré el territorio de la rosa

que has olido, la rosa

que refleja tu ausencia en el espejo.

Jamás podrás ser mía; con mi dedo

dibujaré la flor de tu silueta

y dejaré mis huellas en el vidrio.

Así, ya sin tu cuerpo,

tu reflejo y tu ausencia en esa rosa,

grabaré mi deseo.

Mas, quién sabe

si volverás aquí para ignorarme,

desdeñando el reflejo y mi grabado

al saber que no espero ya tu cuerpo;

o si, en cambio, querrás tocar la rosa

y añadir ese tacto a mi silueta

cuando la flor no tenga ya sentido,

cuando seas ausencia de ti misma,

y tu presencia estorbe a mi deseo.


II


Recuerdo ayer la imagen de una mujer hermosa

—y yo, frente al cristal, su punto débil...—

y hoy la imagen de un hombre que la quería.

Grito:

no se ha hecho pedazos. Me ha dejado,

por mucho que mis ojos la proyecten.

Ni en el engaño cruje el vidrio.

Creo

que nos hemos amado en otro ámbito

y no nos conocemos en persona.


III


Por fin, los dos materia de un espejo.

Pero...


—«Tú, ¿adónde miras?

¿Hacia ti, hacia mí?

¿Podremos vernos?»


Quizás nuestros latidos se reflejen

donde nosotros dos somos un cruce

y estamos enmarcados en el aire.



Girl at Mirror, Norman Rockwell, 1954.