• Cascanueces

La ventana encadenada

Una leyenda sobre el bautismo de Felipe II

Un curioso elemento se ofrece a la vista del paseante que discurre por la calle Cadenas de San Gregorio de Valladolid. Sin embargo, tanto si se es viajero foráneo como viandante habitual, nada tiene de extraño pasar a su lado sin advertirlo, pues el entorno de la Plaza de San Pablo tiene puntos de atención harto más llamativos: la imponente fachada de la basílica, la no menos impresionante del Colegio de San Gregorio, la discreta pero poderosa presencia del Palacio Real, o la famosa ventana triangular de estilo plateresco del Palacio de Pimentel. Y es precisamente en el lateral de este último edificio donde se encuentra la 'otra' ventana que hoy traemos a este espacio. Su singularidad estriba en el hecho de que el enrejado que la protege aparece cortado en dos y vuelto a cerrar con una cadena que, a modo de férrica serpiente, parece reptar entre los barrotes. Y, a falta de una explicación históricamente fundamentada, nos remitiremos a una de las leyendas de la ciudad que nos lleva hasta el año 1527. Estando por entonces en Valladolid el emperador Carlos, se alojaba en el palacio del regidor de la ciudad y Marqués de Tábara, Bernardino de Pimentel. Y había de ser allí, el 21 de mayo, donde Isabel de Portugal daría a luz al futuro rey Felipe II. La costumbre de la época 'obligaba' a que el bautismo de los recién nacidos tuviese lugar en la parroquia más cercana al lugar de nacimiento. En el caso que nos ocupa, la Corredera de San Pablo (hoy calle Angustias) correspondería a la Parroquia de San Martín. Ello chocaba con los deseos del emperador, quien consideraba más acorde a la categoría de su vástago el templo de San Pablo y su monumental altar mayor. Según la leyenda, para no romper con el precepto y al tiempo cumplir con la voluntad del rey, alguien tuvo la ocurrencia de improvisar una salida a través de una de las ventanas laterales del palacio, que conectaría mediante un pasadizo directamente con San Pablo, solucionando así el conflicto. Tras la ceremonia y ya con la familia real fuera de Valladolid, la ventana debió ser reparada y los barrotes unidos con la famosa cadena. Y aunque la historia tiene su encanto y ha llegado hasta nosotros a través de los siglos, no es menos cierto que la realidad de los hechos la desmiente. Está documentalmente comprobado que el deseo de Carlos I de bautizar a su hijo en San Pablo no tuvo (faltaría más) ninguna discusión, saliendo la comitiva por la puerta principal del palacio con todo el fasto y solemnidad que la ocasión requería, y dirigiéndose al templo elegido. Ello no quita interés (a nuestro modo de ver justo al contrario) a la emblemática ventana del Palacio de Pimentel, cuyos barrotes encadenados siguen siendo un misterio.