• José Ignacio Delgado

Monstruo

Un apunte sobre la última gran interpretación de Anthony Hopkins.

Título: "El Padre"

Director: Florian Zeller

Intérpretes: Anthony Hopkins, Olivia Colman, Olivia Williams, Imogen Poots


Es difícil para quien esto escribe, por razones de índole personal, opinar sobre una película tan incómoda de ver, tan emocionalmente agresiva, tan hermosa, como "El Padre". Leo que su director Florian Zeller es un afamado dramaturgo francés a quien su bien ganado prestigio ha permitido aventurarse en la adaptación para el cine de esta historia devastadora. Desde el principio supo que el papel protagonista sería para Hopkins y, una vez comprobado el resultado, es imposible cuestionar que ningún otro actor pudiera haber transmitido tal verdad con su interpretación. Según parece, al Sir, que este año cumple 83, le han recompensado con todos los premios posibles. Reconozco que aparte de la sonada performance con que regaló al mundo en "El silencio de los corderos" (1991, J. Demme), casi todas las películas que de él he visto después me han resultado a cual más indiferente y, en cierto sentido, enojosa: la repetición de tics, esa sensación de que estaba ahí solo para seguir en el candelero, ponerse un ridículo disfraz y cobrar el cheque, de siempre guardarse lo mejor de su talento, resulta evidente en multitud de títulos mainstream que necesitaban su cuota de prestigio. Quién podría reprochárselo: acaso hastiado de (mal)vivir intentando enseñar su oficio y su arte a un público cada vez más infantilizado (destino compartido por casi todos los actores vocacionales), y entrando ya en una edad provecta y necesitada de seguridad, debe resultar profundamente tentador "vender el alma" a cambio de una ristra de cheques que te permiten disfrutar de una existencia de gentleman. Bravo entonces por él. Hasta que llega una película como "El Padre" y es obligado tragarse todos los prejuicios y rendir pleitesía, con humildad y admiración, al monstruo.


Porque lo que consigue Anthony Hopkins, echando mano de todos sus numerosos recursos (considero el más valioso hacer ver que se prescinde de ellos), es que olvidemos su condición de actor en estado de gracia para así alcanzarnos de pleno con su autenticidad y verismo. Una historia terrible sobre el terrible olvido, demencia senil que nuestra ensimismada sociedad de la apariencia y la eterna juventud, suele esconder debajo de la alfombra. El olvido... La irreversible pérdida de los recuerdos, la memoria y las referencias. La dolorosa consciencia de no ser capaz de reconocer ni a tus hijos. Sentir, como decía Poe, cómo se escapan de tu mano todos los granos de arena que inútilmente aprietas en el puño. Hacer involuntariamente imposible la vida de los que te rodean.


Solo unos apuntes más acerca de esta notable película. Es evidente el origen teatral de la misma, lo que a mi modo de entender la hace aún más atractiva. Ello es posible gracias a un brillante montaje, que alterna escenas "de actores" (la interpretación de Olivia Colman como abnegada y "culpable" hija merecería un comentario aparte), con otras en que los diferentes y opresivos espacios donde se desarrolla la acción parecen proyecciones físicas de la mente en descomposición del protagonista. Una sensación de desorientación con la que el director atrapa al espectador y a la que se añade el tratamiento del tiempo, de forma que progresivamente se van perdiendo los hilos argumentales y cualquier tipo de certeza. Y esa es precisamente la gran cualidad de la historia, porque cayendo en esa premeditada trampa de la confusión, nos identificamos con el drama interno de su protagonista hasta que, llegada la última escena, la inevitable catarsis nos golpea con toda su devastadora fuerza. Uno queda entonces petrificado en el asiento, y solo cuando se va retirando el tsunami emocional que le anega, comienza asimilar que no solo ha asistido a una de las mejores interpretaciones que nunca haya dado un actor, sino también a un retrato excepcional y anticipatorio de la vida misma.