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  • Laia Ramón

Punto de no retorno

Tendría seis o siete años la primera vez que la magia de la Navidad amenazó con bajar el telón: volviendo a casa tras la cena de Nochebuena, vi cómo una pareja vaciaba un coche lleno de paquetes cuidadosamente envueltos en papel azul. Pensativa, pregunté a mi madre sobre aquel montón de regalos: “Seguramente será el cumpleaños de alguien…”.


Algo después empezó a correr la voz en el colegio. No era algo sencillo de asimilar, pues ponía cara y nombre al elefante que llevaba años en mi habitación. Ya era claro que solo podría seguir ignorándolo durante un tiempo más. Poco más tarde le confesé llorando a mi madre que sabía lo que pasaba con los regalos.


Fue como el inicio de una interminable sesión de cine que, película tras película, confirmaría lo que todos sabemos: Truman nunca podrá quedarse, el edificio Parker-Morris siempre estallará, el monstruo seguirá viniendo a verme.


Cuando la acusadora luz se enciende, no puedes dejar de ver las palomitas en el suelo, el vaso de refresco volcado, la arrugada bolsa de plástico. No queda otra opción que hacer frente a todo lo que ha pasado cuando estabas a oscuras. Y así hasta la próxima sesión, cuando el engaño comience de nuevo.


¿Es realmente placebo si deseas que funcione con todas tus fuerzas?


L.R.



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