• José Ignacio Delgado

Ricchi e Poveri

En torno a la última 'fashion-polémica'


Por no meterme en jardines -este es un blog 'blanco' cuya acta fundacional excluye la controversia-, no mentaré siquiera la marca que ha puesto a la venta una línea de zapatillas que parecen recién salidas del horno incandescente de Chernobyl. Su desorbitado precio no ha sido obstáculo para agotar las existencias en poco tiempo.


La casa que las comercializa fue fundada a principios del S. XX por uno de los más exquisitos creadores de la Alta Costura, cuya influencia ha sido reconocida por numerosos maestros posteriores. Sus creaciones, anheladas por las personalidades más prominentes de su tiempo, se exhiben hoy en los museos como obras de arte. Tras la muerte del diseñador, la marca entró en una profunda crisis que la condenó al cierre definitivo. Poco después fue adquirida por un gigantesco grupo empresarial con intereses en áreas diversas, tal como viene ocurriendo en los últimos tiempos con otras firmas asociadas al sector del lujo. Hoy en día, casi todas aquellas marcas emblemáticas forman parte de carteras de valores transnacionales que cotizan en Bolsa, junto a cementeras, cadenas de supermercados o multinacionales farmacéuticas. Nada queda de la época dorada de la Haute couture ni de la inspiración de sus creadores, cuya filosofía hace mucho se diluyó en juntas de accionistas que solo sirven al Marketing.


Sería ocioso negar que, desde hace décadas, nuestra sociedad de consumo ha renunciado a la excelencia en favor de la mediocridad. Mejor que tener un buen traje, escogido con gusto y pagado con esfuerzo, amontonar en el armario montañas de camisetas de ínfima calidad compradas en el hiper junto a los yogures bio y el surimi. Esta tendencia, que no afecta solo al mundo de la moda (me pregunto qué pensaría aquel olvidado genio de los detritos en cuya etiqueta figura su nombre), viene siendo norma para muchos de los valores sobre los que se ha construido, con tanto denuedo, la civilización más evolucionada que ha conocido el hombre. Y si alguien cree que exagero, dése un garbeo por el Museo del Prado para contemplar las hordas de vándalos en chancletas, haciéndose selfies frente a las ignoradas pinturas de los grandes maestros mientras hacen tiempo para ir a buscar su pizza. La escena, repetida en cualquier destino turístico de este enorme parque temático que un día fue la 'Vieja Europa', bien puede tomarse como la 'punta del iceberg' del comportamiento de una creciente masa social amorfa, descerebrada y dócil, sin otra personalidad que la que le otorga la red social correspondiente. En estos y otros signos yo aprecio una clara involución.

Y en estas estamos. Las famosas zapatillas podrían pasar por otra absurda moda volátil destinada a satisfacer la excentricidad de los privilegiados que quieren 'ir de pobre' a sus fiestas en el penthouse. Sin embargo, este no es sino un ejemplo de la estrategia de algunas 'marcas top' de perfumería y de ropa que utilizan una estética no ya de decadencia, sino de pura miseria (física y moral), para vendernos sus carísimos productos. Marcas de lujo que en otro tiempo dictaban los parámetros de moda que seis meses después copiaba el pret a porter para ofrecer versiones asequibles a la clase media (hoy el delicado equilibrio de aquel 'ecosistema' ya no existe, pues ambos mundos están en las mismas manos). Marcas, en fin, que representaban el cúlmen estético y el anhelo de perfección, y que hoy venden la más averiada de las mercancías: banalidad. Y yo me pregunto cuál es el sentido último de esta trivialización de la pobreza, promovida por conglomerados empresariales que 'crean tendencia' a través de películas, campañas de publicidad para perfumes, comida-eco, ropa o calzado, sobre el incesante ruido de fondo de la eterna crisis con que nos atemorizan sus terminales mediáticas. Y en los raros momentos en que soy capaz de salir del dantesco círculo de obligaciones laborales y familiares, interminables gestiones administrativas, Internet, ocio superficial y alegría impostada (todo ese cúmulo de frenética frivolidad con que la sociedad nos entierra en vida), y soy capaz de plantearme cuestiones algo más 'elevadas', me viene a la cabeza esta frase dictada recientemente por los próceres del mundo, prodigio de síntesis que expresa la promesa y amenaza del mundo que han imaginado para nosotros:


'No tendrás nada y serás feliz'





Posdata:

En un taller del Tercer Mundo, la cadena de operarios a quienes se asigna el acabado final del producto, destroza a conciencia con lijas, sopletes y martillos una hilera de pulcras zapatillas 'de marca'.

En el mercado final, el precio de cada par será de algo más de 1400€.

En España el salario mínimo es de 1000€/mes.

En Bangladesh, uno de los mayores centros de producción textil que sirve a marcas de todo el planeta, es de 80€/mes.