• José Ignacio Delgado

Sistema binario

Digresión a partir de un reflejo doble

En el momento que recibo esta imagen de #LaiaRamón, el Telediario (no importa la emisora pues todas ofrecen, en perfecta sincronía, los mismos contenidos) lleva veinte minutos vomitando nuevas del infierno. Diríase que un incendio apocalíptico está consumiendo el planeta. Veo gente como tú y como yo llorando frente a la cámara por haber perdido sus casas o en estado de shock al contemplar destruido el entorno sobre el que escenificaban, theatrum mundi, sus quehaceres y su ocio. Pueblos que desde hace siglos vienen ordenando el calendario en función de las estaciones y su mutante paisaje, hoy amanecen condenados al limbo de un inacabable miércoles de ceniza. Los drones (¡qué gran invento para ofrecer una perspectiva 'olímpica' de nuestro devenir!) sobrevuelan un monótono panorama que ha visto reducido su espectro cromático a la escala de grises. Es el drama inacabable con que las televisiones castigan nuestra conciencia. Entra en escena el rey de las telenovelas quien, con su voz engolada, resume la situación afirmando sin empacho que el "cambio climático mata"; luego se subirá al Audi blindado que le acercará al helicóptero Superpuma que le llevará al jet Falcon en el que recorrerá, sancti amen y Wayfare, los 200 kilómetros que le separan de su dacha estacional (aunque de esto los telediarios ni mú) (Infiérase similar modus operandi a los compungidos presidentes de C.A., ministros, subsecretarios y resto de la parasitaria e incompetente fauna que vive de la improvisación y de nuestro dinero). Tras la ración hot spicy, la pantalla regurgita el rancho diario de COVID, últimamente a la baja aunque el Gran Hermano ya ha encontrado otro 'foco de interés' con la Viruela del mono. Para postre, e introducido por un tema musical de corte épico ("1984"), el parte del frente de Eurasia (ya Siria y otras cien guerras simultáneas no son noticia, pero en la recámara aguarda el blockbuster de Taiwan). Concluye la parte mollar del 'informativo' con las amenazas por el gélido invierno que se nos echa encima (imagino a los vejetes en las residencias, preventivamente aferrados a sus mantitas), adobadas por un bouquet garni de estanflación, deflación e inflación. Y cortes de gas y electricidad en lontananza mientras el jeta de Macron, Oh la la, nos avisa sobre el 'final de la abundancia'. Para acompañar el café, unos petit four de banalidad: las últimas del fútbol (¿conseguirá Benzema su balón de oro?), las vacaciones de la 'familia real' tan campechana y numerosa, la última gira de Bisbal... Es el menú diario de los mass media, que hace ya mucho decidieron renunciar a su condición de informadores (mantienen para sí -los muy cabrones- el título de "Periodistas"), para vender al personal la mercancía más valiosa con que trafican sus invisibles y todopoderosos propietarios: el miedo. Miedo al conflicto inacabable, a la catástrofe y a la crisis permanente con que se maneja mejor una sociedad sumisa. Tú lo viste venir, Orwell. Siempre pienso estas cosas cuando me siento junto a mis padres y los contemplo hipnotizados, horrorizados, frente a su Telediario. Pero hoy recibo en mi teléfono la imagen que acompaña estas líneas, y cambio mi mueca de asco por una leve sonrisa. El filtro casual de una mosquitera en la ventana produce un efecto extraño, como si este planeta formara parte de un inusual sistema estelar binario. Y me pregunto cómo serán las exóticas formas de vida tras ese ígneo reflejo y si alguien contemplará, guarecido tras un filtro casi opaco, el milagro cotidiano de la puesta de los dos soles. Y mientras en la televisión se suceden, inútiles y mudas, las imágenes prefabricadas del averno, yo decido salir de viaje hacia las estrellas.