• José Ignacio Delgado

The lady of Shalott

Mito, poema, pintura, canción...

"The Lady of Shalott" (1888, J.W. Waterhouse -Tate Britain-)


Iba a ser esta una entrada de nuestra serie 'Canciones Eternas', dedicada a alguna de las excelsas baladas de Loreena Mckennitt. No le faltan a la flamígera canadiense himnos que atesoran sobrada calidad para hacerse atemporales. Loreena seguirá solazando por muchos años a los gourmands de lo exquisito. Imagino su música (re)sonando en una inmensa planicie roja, evocando para los fantasmas marcianos paisajes remotos por los que discurría hace milenios una intrincada red de azulados canales (la imagen me la sugieren las 'Crónicas' de R. Bradbury). Por otro lado, pretendo cumplir con una norma no escrita en el libro de estilo de este Blog, según la cual intentamos ofrecer a nuestros lectores 'pistas' y sugerencias para ahondar en los asuntos objeto de nuestra atención (por así decirlo, situar al viajero frente a un camino del que conocemos a ciencia cierta solo el inicio, aunque se intuye que habrá muchas ramificaciones y encrucijadas). Es por ello que hoy elijo el tema (musical, conceptual) como "The Lady of Shalott", que confío no solo cumpla la misión de solazar a sus oyentes sino de despertar en ellos el interés por 'ir más allá'.


Debemos el poema original (al que Loreena pone música y canta en su totalidad con sensibilidad exquisita) al autor inglés Alfred Tennyson (1809-1892). Su vida transcurrió, por tanto, en la época que se ha dado en llamar "victoriana", de la que el poeta fue uno de sus más destacados literatos. Perteneciente a la élite cultural del país (orígenes aristocráticos, estudios en el Trinity College, más tarde nombrado poeta oficial del reino...), una parte significativa de su producción ahonda en los mitos medievales y en el ciclo de leyendas artúricas, donde se inscribe "The Lady of Shalott": un idealizado y trágico micro-universo de oscura belleza, maldiciones inmemoriales, damiselas encerradas en torres y caballeros andantes, al que Tennyson dota de una profundidad metafísica y una dimensión trágica fascinantes. La historia de la dama cautiva, que pasa sus días tejiendo y solo puede ver el mundo reflejado en un espejo, evoca, por ejemplo, reminiscencias del mito platónico de la caverna, y ofrece una serena aunque desencantada reflexión sobre el tiempo y el destino. El poema sirvió asimismo de inspiración al pintor 'prerrafaelita' J.W. Waterhouse, quien dejó para la posteridad una imagen ya icónica (su influencia en el cine es evidente), con la dama navegando al encuentro de su fatal destino.




La dama de Shalott

(versión en español de Pedro Calafat)


I

En las orillas del río, durmiendo,

grandes campos de cebada y centeno

visten colinas y encuentran al cielo;

a través del campo, marcha el sendero

hacia las mil torres de Camelot;

y arriba, y abajo, la gente viene,

mirando a donde los lirios florecen,

en la isla que río abajo aparece:

es la isla de Shalott.


Tiembla el álamo, palidece el sauce,

grises brisas estremecen los aires

y la ola, que por siempre llena el cauce,

por el río y desde la isla distante

fluye que fluye, hasta Camelot.

Cuatro muros grises: sus grises torres

dominan un espacio entre las flores,

y en el silencio de la isla se esconde

la dama de Shalott.


Tras un velo de sauces, por la orilla,

a las pesadas barcas las deslizan

unos lentos caballos; y furtiva,

una vela de seda traza huidiza,

surcos de espuma, hacia Camelot.

Pero ¿ quien la vio nunca saludando?

¿o en la ventana de su estudio estando?

¿o acaso es conocida en el condado

la dama de Shalott?


Sólo los segadores muy temprano,

cuando siegan ya maduros los granos,

escuchan ecos de un alegre canto

que desde el río llega, alto y claro

hasta las mil torres de Camelot:

Bajo la luna el segador trabaja,

apilando haces en las eras altas.

Escucha y murmura: “es ella, el hada,

la dama de Shalott”.


II

Ella teje una tela día y noche,

tela mágica de hermosos colores.

Ha oído murmurar un rumor, sobre

una maldición: ay como se asome

y mire lejos, hacia Camelot.

No sabe que maldición pueda ser,

ella teje y no deja de tejer,

y otra cosa no hay que pueda temer,

la dama de Shalott.


Moviéndose sobre un espejo claro

que cuelga frente a ella todo el año,

sombras del mundo aparecen. Cercano

ve ella el camino que serpenteando

conduce a las torres de Camelot;

Allí el remolino del río gira,

y descortés el aldeano grita,

y de las mozas las capas rojizas

se alejan de Shalott.


A veces un tropel de alegres damas,

un abate, al que portan con calma,

o es un pastor de cabeza rizada,

o de largo pelo y carmesí capa,

un paje se dirige a Camelot;

y a veces cruzan el azul espejo

caballeros de dos en dos viniendo:

no tiene un buen y leal caballero

la dama de Shalott.


Pero en su tela disfruta y recoge

del espejo las mágicas visiones,

y a menudo en las silenciosas noches

un funeral con plumas y faroles

y música, iba hacia Camelot:

O venían, la luna en su camino,

amantes casados de ahora mismo;

“Estoy enferma de tanta sombra”, dijo

la dama de Shalott.


III

A tiro de arco del alero de ella,

él cabalgaba entre la mies de la era;

deslumbraba el sol entre hojas nuevas,

y ardía sobre las broncíneas grebas

del valiente y audaz Sir Lancelot.

Un cruzado al que arrodillado puso

con la dama por siempre en el escudo,

brillaba en el campo amarillo, junto

la lejana Shalott.


Brillaba libre enjoyada la brida:

una rama de estrellas imprevistas

colgadas de una Galaxia amarilla.

Sonaban alegres las campanillas

mientras cabalgaba hacia Camelot:

y en bandolera, plata entre blasones,

colgaba un potente clarín. Al trote,

su armadura tintineaba, sobre

la lejana Shalott.


Bajo el azul despejado del cielo

refulgía la silla de oro y cuero,

ardía el yelmo y la pluma del yelmo,

juntas como una sola llama al viento,

mientras cabalgaba hacia Camelot:

Así en la noche púrpura se viera,

bajo cúmulos sembrados de estrellas,

un cometa, cola de luz, que llega,

a la quieta Shalott.


Su frente alta y clara, al sol brillaba;

sobre los pulidos cascos trotaba;

por debajo de su yelmo flotaban

los bucles negros, mientras cabalgaba,

cabalgaba directo a Camelot.

Desde la orilla, y desde el río,

brilló en el espejo de cristal,

“tralarí lará” cantando en el río

iba Sir Lancelot.


Dejó la tela, y dejó el telar,

tres pasos en su cuarto ella fue a dar,

ella vio el lirio de agua reventar,

el yelmo y la pluma ella fue a mirar,

y posó su mirada en Camelot.

Voló la tela, y se quedó aparte;

se rompió el espejo de parte a parte;

“la maldición vino a mi”, gritó suave

la dama de Shalott.


IV

En la tormenta que de este soplaba,

los bosques de oro pálido menguaban,

y el río ancho en su orilla los lloraba.

Un cielo negro y bajo diluviaba

encima las torres de Camelot.

Ella bajó hasta el río, y encontróse

bajo un sauce, una barca aún a flote,

y escribió, justo en la proa del bote,

“La Dama de Shalott”.


Del río a través del pequeño espacio

como un audaz adivino extasiado

y en trance, viendo ante sí su trágico

destino, y con el semblante impávido,

ella miró lejos, a Camelot.

Y cuando el día por fin se acababa,

ella se tendió, y soltando amarras,

dejó que la corriente la arrastrara,

la dama de Shalott.


Tendida, vestida de un blanco nieve

desbordando por los lados del bote

las hojas cayendo sobre ella, leves,

a través del sonido de la noche,

ella flotaba hacia Camelot.

Y mientras la afilada proa hería

los campos y las esbeltas colinas,

se oyó un cantar, su última melodía,

la dama de Shalott.


Se oyó un cantar, un cantar triste y santo

cantado con fuerza y luego muy bajo,

hasta helarse su sangre muy despacio,

por completo sus ojos se cerraron

fijos en las torres de Camelot.

Porque hasta allí llegó con la marea,

de las primeras casas a la puerta,

y cantando su canción quedó muerta,

la dama de Shalott.


Debajo la torre y la balconada

entre las galerías y las tapias

hermosa y resplandeciente flotaba,

pálida de muerte, entre las casas,

entrando silenciosa en Camelot.

Al embarcadero juntos salieron:

dama y señor, burgués y caballero,

su nombre junto a la proa leyeron,

la dama de Shalott.


¿Qué tenemos aquí ? ¿ Y qué es todo esto ?

Y en el palacio de luces y juegos

el jolgorio real tornó silencio;

Se santiguaron todos con miedo,

los caballeros, allí en Camelot:

Pero Lancelot, meditando un poco,

fue y dijo, “Ella tiene el rostro hermoso,

por gracia de Dios misericordioso,

la dama de Shalott.”