• Cascanueces

De unas fiestas en Valladolid (1605)

El temible Góngora suaviza el tono...


Ya en varias entradas anteriores, hemos dado cuenta de la revolución que para la apacible urbe castellana supuso la llegada, a principios del S. XVII, de la fastuosa corte de Felipe III. Multitud de personajes de todo signo, desde los funcionarios ocupados de la mastodóntica cosa pública hasta gente de mal vivir que esperaba medrar a la sombre del poder, se ajustaron en Valladolid como en un traje varias tallas por debajo de lo necesario con las costuras a punto de reventar. Esa ciudad insalubre, desordenada, "Babilonia" (la expresión es de Góngora) en la que coincidieron Cervantes, Quevedo, Villamediana, Salinas y el divino cordobés entre muchos otros grandes literatos de la época, a la que se dedicaron no pocas crueles invectivas.


Sin embargo, es del todo imposible obviar el esplendor inaudito que también trajo aparejado el real traslado (a la sazón la corte española era la más poderosa y rica de su tiempo), sobre todo a raíz del nacimiento en el Palacio Real del príncipe Felipe, quien habría de convertirse en el Rey Planeta. Aquellos meses de celebración inacabable, acaso una de las más deslumbrantes fiestas de las que tenemos constancia, fueron reflejados con profusión de detalles en la obra Fastiginia (1605, T. Pinheiro de Vega)


La flamante Plaza Mayor (en la imagen, su antigua configuración según el plano de Ventura Seco) fue el escenario de corridas de toros, desfiles, juegos de cañas y otros entretenimientos. A ellos asistió, seguramente fascinado a su pesar, el corrosivo Góngora, quien no pudo por menos que reflejar la experiencia en un descriptivo y evocador soneto. Y si bien el tono del mismo no puede negarse admirativo y laudatorio (da cuenta de la fastuosidad de la corte que los caballos -andaluces, claro- llevaban frenos de oro), no podemos por menos que señalar la beligerante comparación del último verso, donde queda patente el empeño del cordobés en dejar mil veces por encima del modesto Pisuerga a su añorado Genil.


De unas fiestas en Valladolid (1605, L. de Góngora)


La plaza, un jardín fresco; los tablados,

Un encañado de diversas flores;

Los toros, doce tigres matadores,

A lanza y a rejón despedazados;


La jineta, dos puestos coronados

De príncipes, de grandes, de señores;

Las libreas, bellísimos colores,

Arcos del cielo, o proprios o imitados;


Los caballos, favonios andaluces,

Gastándole al Perú oro en los frenos,

Y los rayos al sol en los jaeces,


Al trasponer de Febo ya las luces

En mejores adargas, aunque menos,

Pisuerga vio lo que Genil mil veces.